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viernes, 1 de octubre de 2010

CAPÍTULO III

CAPITULO III
Agustín Jimeno Valdés.


CASA DE SALUD MARQUES DE VALDECILLA DE SANTANDER. INSTITUTO MÉDICO DE POSGRADUADOS.
1. Servicio de "Nervios" del Dr. D. José Maria Aldama Truchuelo.
Esto no podía continuar así. Me convencí de que una formación rigurosa debía hacerse contando con una responsabilidad - compartida - asistencial. Además era ya hora de emanciparme económicamente, aunque afortunadamente no me era perentorio en mi calidad de hijo único y de la generosidad ilimitada de mi padre. Solamente en Barcelona, en la "Concha" (Clinica de la Concepción del Prof. Jiménez Díaz ) de Madrid y en Valdecilla de Santander parecían existir internados médicos que brindaban formación profesional simultáneamente al trabajo responsable. Eso sí, sin paga alguna. Lo comido por lo servido. Yo, y contando con el consejo de mi padre, no quería ir todavía al extranjero. Quería aprender antes todo lo que me brindara España. Luego viajaría. Quería hacer mi tesis doctoral también. Tenia ya alguna idea sobre el tema. Escogí Valdecilla por su prestigio. Porque sabia que nada menos Cajal y Marañon eligieron a los primeros jefes. ( Sin oposiciones ni concursos baremados de méritos) Porque sabía que se había organizado a imitación de la Clínica Mayo de los Estados Unidos; porque sabia que allí había trabajado López Albo y Lorente de No; porque sabia que tenia una maravillosa biblioteca.... y por último porque sabía también que Santander era una ciudad maravillosa.
Así hacia finales de ese curso de 1959/60 "eché los papeles" para Valdecilla. No hubo ningún problema. Yo tenia un expediente académico espléndido y todo lo que pedí profesionalmente por aquellos años me fue concedido. Me incorporé inmediatamente.
Santander no era una ciudad brumosa sino sencillamente húmeda. Espléndida en su magnífico paseo de Pereda que lleva a las playas, tiene a la Casa Salud Valdecilla, como entonces se llamaba, en el otro extremo de su alargada silueta. El Hotel Real, la tienda de objetos de decoración y lujo Mafor, el "Tenis" y los festivales del verano la conformaban como ciudad lujosa y de gusto donde una mayoría burguesa marcaba su buen estilo, si bien más en las formas que en las esencias. Valdecilla era objeto de adoración de todos los montañeses, que así se llamaban antes que devenir cántabros autónomos. La hidalguía de los foramontanos repercutía en cada poro y el buen hablar y el buen vestir, casi más en los hombres que en las mujeres, era costumbre obligada. Precisamente porque los hombres jóvenes tenían que marchar a otros pagos ( Valladolid ) a estudiar, dada la ausencia de universidad en Santander, los médicos de Valdecilla eran mimados tanto por las instituciones como por las féminas. Para empezar el médico de Valdecilla recibía el trato de "Señor" seguido del apellido. Automáticamente era socio gratuito del Tenis y bienvenido en todas partes. La denominación oficial era de médico interno y el tiempo de estancia oficial de dos años aunque este periodo no era máximo y más de un interno llevaba - como el de traumatología creo recordar,- casi una decena de años.


Tanto más contrastaba todo ello con el parco alojamiento. Estaba en las guardillas. Un tanto goterosas. Enlucidos y alicatados más bien inestables. Luz eléctrica vacilante. Frío mucho. Lo paliábamos con estufas eléctricas y de ahí la luz vacilante. Estufas también de deshecho y de alambres sueltos y primitivos. Lavabo en la misma habitación. Habitaciones - cubículos - de dos camas, procedentes del deshecho del hospital. Mi compañero era entrañable y no recuerdo de él otra queja si no de que metía un fenomenal ruido al lavarse los dientes. Yo, acostumbrado un tanto a habitación individual y a ser hijo único a pesar de la abundancia de residencias y colegios que había conocido, me sentía sumamente incómodo. Luego disponíamos de un magnífico salón de estar. Butacones de cuero. Toda la prensa. Y ! oh maravilla!: televisión. Fue la primera televisión que ví, aunque no disfruté mucho, pues el invento no me satisfizo demasiado. Espléndida también la comida. Recuerdo en concreto que siempre estaba disponible un inmenso jarrón de leche - buena leche montañesa no pasada por desnataciones ni coperativas - mantequilla y galletas o bizcochos. El comedor estaba también en los altos, y su dotación mobiliaria simple o casi precaria. Pero la comida espléndida, como decía; amen de la leche y mantequilla, a cargo de una cocinera maternal y añosa que pasaba los días y las noches frente a los cacharros atendiendo a cualquier interno que se declarara hambriento después de una intervención, después de una guardia a deshora cualquiera y en días cualesquiera, incluidos domingos y fiestas. Aquel interno añoso al que me refería tenia úlcera de estomago, o eso decía para hacerse hacer comida especial y caprichosa, de niño melindre tan poco frecuente en aquellos años donde el que más o el que menos aún recordaba de niño la precariedad del pan, a veces de maíz, y azúcar moreno y la ausencia de galletas, mantequillas y mermeladas.
El trabajo era tremendo y el novato estaba bajo la férrea férula del interno mayor, pero dejadme que os hable primero del hospital en sí; del servicio de nervios y de las instalaciones. Hay mucho que contar y los recuerdos me son tan vívidos que podría fotografiarlos. Mas quede esto para una segunda "entrega" de estas sucintas memorias que pulo y pongo a punto a partir del día de mi jubilación ( Setiembre de 2005).






2. El Hospital.


Sí: un hospital humano. El Marqués de Valdecilla echó el resto. Los intelectuales médicos de los años 20 - 30 echaron el resto y construyeron un hospital maravilloso: Pabellones al estilo montañés, orientados al poniente, si bien demasiado próximos al puerto. Todos con tres pisos. Una terracita. Muebles sencillos pero de madera sólida. En algunos pabellones como el de privados, lujo en la decoración; en las flores; en la tapicería en las vajillas... Muchos próceres de Santander reservaban su cama como quien reserva el hotel para someterse a un chequeo anual. Un largo tránsito jalonaba todos los pabellones. Transito luminoso, larguísimo. Decorado con cuadros y flores. Paralelo a él bajo tierra corría otro tránsito. El superior para el servicio de personas el inferior para el traslado de avituallamientos, maquinarias e instalaciones. Frío y oscuro, pero también sólido y se podía acceder por él en coche.
Jardines por doquier y una iglesita en ellos con ribetes de ermita románica, como las que se encuentran por esos entrañables pueblos de la Montaña.




3. Enfermería


Tradicionalmente en los hospitales españoles al igual que en el resto de Europa, las enfermeras profesionales fueron precedidas por las órdenes religiosas en sus funciones de atender a los enfermos. Ordinariamente la institución rectora del hospital realizaba un contrato de asistencia con una orden religiosa facilitando alojamiento, servicios y los pactos económicos que procedieran. A cambio la comunidad se encargaba totalmente de la organización doméstica y de la atención de enfermería a los pacientes. Por supuesto organizaba también puestos, personas, turnos y servicios. Así funcionaba Quitapesares con servicios encomendados a las hermanas de la caridad. Los hospitales, por ejemplo de Oviedo y Conjo en Santiago, también. El Hospital de Pamplona en cambio estaba encomendado a las Hermanas Hospitalarias.
Al igual que sucedía en los colegios de enseñanza media religiosos, éstas órdenes disponían o tenían que disponer de un número mínimo de diplomados oficiales, pero la mayor parte de sus componentes no tenían titulación oficial sea de enfermería o en el caso de los colegios de licenciaturas docentes. En el caso de la psiquiatría, como es sabido, muchos hospitales eran propiedad de estas órdenes religiosas, como los centros de Cienpozuelos y toda la red Benito Menni de las Hermanas Hospitalarias. En estos casos se concertaban los servicios a tanto alzado por paciente. Esta tradición ha sido tan fuerte en todas partes que en Alemania por ejemplo el término común para designar a una enfermera es "Schwester"; es decir "hermana" cuando hace mucho tiempo dejaron de ser religiosas. Algo parecido sucedió con las asistentes sociales formadas al principio en centros más o menos concertados dependientes de la iglesia.
Precisamente uno de los momentos claves en las reformas asistenciales psiquiátricas de los años 60-70 se produjo mediante una profesionalización de la enfermería por la cual las órdenes religiosas se desvinculan de los contratos globales pasando a contratos individuales de los miembros de las mismas que poseyeran la cualificación profesional correspondiente. Simultáneamente tenían que dejar las llaves de la logística del centro; despensas, archivos, farmacias..... Esta especie de autoinmolación, que salvando las distancias recuerda la autorenuncia de las cortes españolas de la época de Franco, y con la de los lores británicos hace poco, se llevó a cabo con el mejor espíritu y gracias a la presencia de prioras y superioras capaces de aceptar y aún apoyar estos cambios históricos en general aparejados también con cambios internos de las mismas instituciones religiosas; por ejemplo la tendencia a vivir en pequeños pisos, abandonando las residencias comunitarias y conventuales.


Pues bien, en Valdecilla esa situación había sido superada en gran parte gracias a la existencia de una magnífica y acreditadísima escuela de enfermería regentada por las hermanas de la caridad, pero en la que estudiaban predominantemente seglares, siguiendo cursos rigurosos. Señoritas de la buena sociedad en general. Eso sí vivían en un régimen de internado monacal con controles estrictos de horarios, salidas y aún amistades. Pero ¿ Acaso las mejores instituciones educativas por ejemplo suizas o inglesas no funcionaban bajo estos mismos presupuestos. ? Y no solo en las enseñanzas medias sino también en las universitarias. Recordemos, por ejemplo, los prestigiosos College de Oxford o Cambridge, copiados en los Colegios Mayores actuales españoles. En todo caso este sistema, hoy inconcebible en esta forma, procuraba una formación humana, una formación de la persona y personalidad, que se reputaba imprescindible para el noble y cansado oficio de la enfermería. Seguramente influía efectivamente el espíritu del Gentleman inglés que al fin y al cabo mantuvo el imperio más importante de la tierra, incluidos los de la monarquía hispánica y los de el gran Tamerlán. Por lo demás esta organización es remedada actualmente por escuelas de enfermería confesionales, pero también de las mejores de España, como por ejemplo las de la Universidad privada del Opus Dei en Navarra hoy día.
Todas las instituciones vivieron en su carne que la transición del concierto con la orden religiosa a los empleados o funcionarios seglares iba aparejada con una centuplicación de los gastos de personal. Entre otras cosas las monjas estaban presentes en la casa día y noche..... lo mismo que los médicos internos de Valdecilla. No hacían turnos. Estaban sencillamente allí siempre, pero los tiempos y las costumbres son difícilmente comparables y en la inmensa complejidad de la sociedad humana son difíciles también las evaluaciones. Todos los criterios nacen de las ideas y opiniones previas que son de índole ideológica y por ello confesional. Habermas ha conseguido convencernos de que las ideologías están siempre presentes ya que el hecho de querer suprimirlas es también una ideología. Por ello evitaré muy bien, por lo menos en este lugar y en este momento, escribir algún comentario sobre ventajas o desventajas de estos diversos sistemas.
La escuela de enfermería de Valdecilla estaba en un edificio aparte y tenia un enorme prestigio, si bien con el valor añadido de la posibilidad, tantas veces realizada, de que la enfermera terminara casándose con un médico de la casa. Eso producía a veces un asedio difícil de esquivar y también un control estricto de las intrusas que osaran fuera del monopolio de enfermería, mantener un noviazgo con un médico interno. Y es que las enfermeras eran... eso, todas mujeres y los médicos todos, todos hombres. Todos metido en el mismo cesto del Hospital conviviendo las 24 horas. Situaciones en suma, que 40 años después parecen ya antidiluvianas.
¿ Cómo eran y como trabajaban ? Modales mitad paternalistas, mitad castrenses. En todo caso su apariencia y compostura impecables. En general guapísimas, o por lo menos así nos parecían, hay que decirlo también. No estaba ausente el humor y aún la broma, algunas veces inadecuada, como luego referiré, pero la enfermera de la sala o las enfermeras se ponían en pié al llegar el médico. Le daban la novedad; le acompañaban en la visita tomado nota de todo, incluso de datos clínicos que escribían en la historia que portaban... Con frecuencia como a Marañón en Madrid, le ayudaban a ponerse la bata si llegaba el caso. Luego había tiempo en general para sentarse en la terraza o en la salita interior según la época del año, para tomar un café charlar u rato también de medicina y de los enfermos. Y el médico interno era el rey de la casa y éramos nosotros los que llevábamos el peso casi total de la asistencia. Esta convivencia de médicos y A.T.S. ha desaparecido, me parece, en los hospitales actuales. Se conserva algo más en los alemanes, que yo conozca, lo cual puede parecer extraño dada la supuesta "emancipación" de la mujer alemana. Quizás, me digo, que esa mujer alemana esté ya "de vuelta" y que tenga que volver a aceptar esos valores y esas costumbres denominadas femeninas para recobrar su identidad. O quizá depende de la costumbre y actitud del país - Alemania - de que los centros de trabajo se parezcan a viviendas particulares en decoración y usos. Al fin y al cabo se vive casi más tiempo, o se vivía, en el centro de trabajo que en el hogar. En todo caso todas las secretarias alemanas preparan café para sus jefes y adornan las habitaciones y oficinas con plantas y flores, también hoy día y sin que a nadie se le caigan los anillos. También hoy día en los mejores ambientes y en los grupos más eficaces se mantienen estas simples actividades de convivencia . Casi me atrevería a decir que ésos detalles son índice más que otros de la calidad. Pues la calidad en un servicio y trabajo esencialmente humano: ¿Cómo habrá de medirse sino por el bien llevarse de los mismos compañeros del grupo profesional? Desde luego el ambiente en Valdecilla era en general muy agradable y convivencial y todo ello unido al prestigio que proporcionaban los títulos de la casa, que en la práctica garantizaban un futuro profesional brillante, compensaba la ausencia de salario y las precarias condiciones de la vivienda.




4. Los servicios médicos.
Como es natural estaban organizados por especialidades. Las clásicas. Las jefaturas estaban ocupadas por personalidades de prestigio nacional. Recordemos algunas: Dr. Lamela en cardiología; Arce en Pediatría; Sierra en traumatología; Abilio Barón en cirugia y el Dr. D. José Maria Aldama Truchuelo en neuropsiquiatría o servicio de nervios.
Los servicios eran casi totalmente independientes y las directrices de la dirección no llegaban para nada a los médicos internos reduciéndose a cuestiones meramente de organización y gestión pero nunca asistenciales o de calidad. Estas cuestiones, a diferencia de ahora, jamás llegaban a oídos de los médicos que trabajaban así con total libertad de prescripción, de estancias, de controles burocráticos o económico administrativos. Se echaba enormemente de menos la existencia de sesiones clínicas conjuntas del hospital o individuales de los servicios. Los jefes eran también pocos y estaban poco tiempo en el hospital afanándose más - al menos así nos parecía - en sus consultas particulares, pero probablemente tenían también un sueldo oficial mísero. Nunca lo supimos, ni lo preguntamos, ni nos interesó el problema a los médicos internos. No existía una organización vinculante de la supervisión de las guardias y no siempre acudían al centro los jefes aún en situaciones difíciles quedando todo en manos de los internos. Eso determinaba un aprendizaje a la fuerza; a la fuerza de resolver situaciones ante las que estábamos solos, pero naturalmente podía producir también desaguisados asistenciales y fijación de rutinas inadecuadas. Sin embargo entre los médicos dominaba un intenso espíritu de aprendizaje y de trabajo y los internos antiguos dedicaban mucho tiempo a la enseñanza - práctica - a los más jóvenes. Hablábamos mucho entre nosotros de temas profesionales a lo que obligaba la forzada estrechas convivencia. Ello producía una jerarquización férrea y aún casi esclavista entre los internos. El viejo lo mandaba y sabia todo. Y el novato lo sufría todo. Y ello se extendía respecto a la distribución de trabajos difíciles o cansados, respecto a la organización interna de los trabajos, la atención a los pacientes de noche o los domingos. Así el novato estaba de guardia permanente y casi no podía ni comer ni dormir. Recuerdo muy bien que durante casi seis meses, solo tres o cuatro veces pude salir con tranquilidad. Había que avisar y pedir permiso a los internos mayores. Tenían que quedar al menos dos en el centro y había que estar continuamente localizado. En aquellas épocas no había buscapersonas ni teléfonos móviles. Nada más llegar a una cafetería, a un cine o a cualquier otro lugar, teníamos que llamar al hospital para comunicar donde nos encontrábamos. En estas circunstancias ir de excursión o a la playa era casi imposible y así el disfrute del maravilloso entorno de Santander o de sus playas era siempre precario. Quizás por ello los noviazgos se establecían también dentro del propio hospital y quien estaba en otra situación - como yo en aquel momento - nos sentíamos siempre en desventaja y en precario, si no realmente boicoteado o perseguido.
Casi todos los servicios además de sus internos oficiales y residentes en la Institución, enseñaban a grupos de asistentes voluntarios que recibían después si no los títulos de la casa sí acreditaciones de formación que eran también apreciadas y reconocidas. Se trataba por lo tanto de auténticas escuelas profesionales. Destacaban sobre todo las de Barón en cirugía y las de Arce de Pediatría, que precisamente hace poco ha celebrado un encuentro con todos los que pertenecieron a ella y que ocupan o han ocupado los puestos asistenciales de Pediatría de Asturias en estas ultimas décadas. Estos asistentes compartían casi todas las tareas de los internos pero sin su responsabilidad y desde luego no vivían en el Hospital ni realizaban guardias de noche. Quizás es necesario advertir en este momento que en aquel entonces no estaba totalmente regulada la formación de especialistas en España. Bastaba colocar la placa en la puerta del despacho profesional para que al cabo de dos años la Facultad de Medicina expediera el título. Lo expedía también cuando constaba cualquier tipo de trabajo, asistencia, curso etc. en relación con la especialidad y que yo sepa no existía comisión o control alguno sobre ello. Yo creo que la propia Facultad o sea el Decano expedía el titulo bajo propia responsabilidad y sin ninguna normativa respecto la calidad de dichas formación. Así yo mismo por ejemplo, conseguí los títulos de españoles de especialista en neurología y psiquiatría independientemente de los que luego conseguí en Alemania después de completar allí la formación exigible como más tarde describiré.


Valdecilla hacia toda la medicina de Santander provincia y parte de la de los alrededores y recibía en plan privado a innumerables pacientes de toda España. Yo creo que su prestigio y situación podría compararse a lo que es hoy la clínica universitaria del Opus Dei de Navarra, sin menoscabo del prestigio de Hospital puntero que sigue ostentando Valdecilla hoy día. En estos días en que escribo estos recuerdos, sin embargo está en primer plano de actualidad por el desgraciado accidente en el que se ha hundido un revestimiento de fachada provocando cuatro víctimas.


5. La convivencia.


Yo en Madrid había echado de menos a pesar del Ateneo una convivencia con compañeros en un ambiente de inquietud cultural, de conversación no comprometida y de lecturas varias sin objetivo concreto. Procedía este tempo espiritual de mis épocas del Colegio Mayor Santa Cruz de Valladolid en las que tuve el privilegio de medrar espiritualmente en un medio cultural único. En parte este ambiente volví a encontrarlo en Valdecilla aunque de forma totalmente desinstitucionalizada. Había tiempo para la charla reposada también. Lo exigía la reclusión obligada durante tanto tiempo en el hospital y los tiempos de descanso después de jornadas trabajosas y agobiadoras. Por entonces adquirí un magnetófono primitivo de la casa Ingra y de fabricación española con el cual grabé más de una curiosa conversación. Aun tengo estas grabaciones en cintas ya casi irrecuperables. Un contertulio, Gastaminza, según creo recordar y que pertenecía al servicio de anestesia. No he vuelto a saber nada absolutamente de él desde entonces. Si por casualidad leyera estas líneas le agradecería me escribiera mediante el admirable correo electrónico. Leíamos a Alberti, recientemente fallecido. En concreto sus sonoros versos sobre los ángeles, sobre los demonios y sobre la pintura de El Bosco. Curiosamente puede escucharse la lectura de este peculiar poema en la Biblioteca virtual Miguel de Cervantes en la red. Nosotros leíamos también a Cernuda, y discutíamos sobre el siempre irresoluble problema del alma y del cuerpo. Se me antojaba todavía que todo esto tenía que ver de forma fundamental con la psiquiatría. Otros varios contertulios cuyos nombres ya iré recordando llenaban aquellas horas.


Existía una magnífica biblioteca médica y algunas revistas, pero la ausencia de formación reglada, la ausencia de sesiones, publicaciones o congresos, el ejemplo - malo - que en este sentido nos daban también algunos jefes, condicionaban que el trabajo o la lectura científicos fueran escasos condicionando tanto más el auge de las ocupaciones y lecturas ad lateres. Lo que nunca percibí fue la presencia de discusiones políticas, ni aún sindicales o reinvidicativas laborales. Yo creo que todos nos dábamos cuenta de que gozábamos de un privilegio - más o menos merecido por nuestros méritos - y que nuestro trabajo allí garantizaba en las circunstancias españolas del momento, una brillante carrera profesional que entonces estaba anclada en dos pilares: un puesto oficial mal remunerado y una consulta privada que rendía una economía digna y un puesto social prestigioso. El del médico especialista. No teníamos ni idea, ni se hablaba mucho, de los derroteros por los que iría posteriormente la medicina dominada cada vez más por una técnica fabril y sus servidores robotizados.


Valdecilla tenia un pabellón de privados que eran atendidos con el mismo régimen asistencial que los demás, quizás con alguna atención mayor de los jefes. Ellos cobraban de forma constante y sonante. Algunos jefes repartían algo a sus internos sobre todo en casos correspondientes a seguros privados, pacientes extranjeros, accidentes de tráfico o mutuas laborales. Ello era relativamente abundante en traumatología, pero escaso o inexistente en psiquiatría, aunque como luego diré acabamos recibiendo algún ingreso extra por otro camino.




6. El servicio de neuropsiquiatría o de nervios. Las personas.
Nuestro servicio era responsable de la neurología, psiquiatría y !ay! desgraciadamente para mí, también de la neurocirugía. De forma que casi toda la cabeza correspondía a "nervios" exceptuando unas aureolas alrededor de las orejas, la nariz y los ojos. Así una herida en la ceja era patrimonio de oftalmología, pero una herida en la frente o un scalp craneal nos correspondía a nosotros. Un mal asunto distribuir así el cuerpo en zonas geográficas más que en funciones o aparatos. Así que uno de los trabajos que más pronto tuve que aprender fue el de limpiar, desbridar, y suturar heridas de la cabeza.


Recibíamos pues a todos los traumatizados de cráneo que entonces eran muchos pues comenzaba el auge de las motos y apenas se utilizaba casco. La cabeza paraba el golpe directamente y los destrozos podían ser terribles. Yo tenia un miedo cerval a estos accidentes sobre todo si ocurrían de noche, o si me tocaba estar de primero de guardia habiendo salido el interno viejo... entonces me tocaría a mí toda la responsabilidad, sin embargo no llegué nunca a ser en Valdecilla interno viejo ya explicaré luego porqué. Los primeros minutos podían salvar o perder la vida del sujeto. No disponíamos de UVI. Tan solo de unas unidades de reanimación con dotación mayor de personal de enfermería y material elemental de reanimación y el habitual de control de constantes vitales. No existía ni la monitorización continua, ni los respiradores mecánicos. Ni siquiera podíamos hacer un electroencefalograma de urgencia. Tampoco se disponía de angiografía cerebral, que solo poco después de mi marcha se instaló.


Y como siempre teníamos que atender las urgencias los internos solos. Recuerdo un caso especialmente patético y sobre todo impactante y angustiante para mí: Una noche y estando ya de segundo año, por lo tanto responsable de casi todo, ingresó un hombre ya mayor, trabajador de una cantera y al que le había caído encima de la cabeza una enorme piedra. Tenia la mitad de la cabeza destrozada. La masa encefálica al descubierto con pérdida abundante y además todo manchado de sangre , de tierra y el estaba hombre consciente y despierto.... Entró en el quirófano de urgencia y después de rápidos lavados por mi cuenta, con la ayuda de las enfermeras, de todo el instrumental, de un anestesista también interno.... me encontré como dueño y responsable del campo operatorio. Yo no tenia ni idea de neurocirugía; yo nunca había estado solo ante un cráneo abierto. Yo no me atrevía a tocar nada.. Pero algo tenia que hacer; y desde luego pensando que el hombre se moriría irremediablemente de todas formas, me dispuse a cumplir el papel que tantas veces en la vida he tenido que aplicar, probablemente al igual que otras muchas personas y profesionales: "hacer como que hago" y que no falte el esfuerzo y la buena voluntad, origen único, según Kant, de la bondad o malicia moral de nuestras acciones. (Esto ya no vale ante las leyes y abogados actuales.... ) Limpié la herida, gasté frascos de suero fisiológico; intente suturar la duramadre, lo que no era posible pues había pérdida de sustancia de la misma; tuvo que quedar cerebro al descubierto. Y lo tapé todo en blando, eliminando esquirlas de hueso. Ya sé que eso era lo correcto y que quizás el mejor neurocirujano del mundo no hubiera hecho otra cosa, pero yo viví la ansiedad de mi insuficiencia. Puse después morfina, y el paciente se murió a las cuantas horas.




7. Jefes y compañeros.
Ya es hora que describa un poco mejor a los jefes y a los compañeros y las primeras experiencias en el famosísimo centro sanitario.
D. José Maria Aldama Truchuelo era desde luego un amable y educadísimo señor. Yo le admiraba de entrada ya antes de conocerlo por dos detalles: uno por pertenecer a la primera escuela científica de psiquiatría por así decir, procedentes de los grupos cajalianos, estudiosos en Madrid y recomendados para Valdecilla por las eminencias médicas más importantes de la época. Porque habiendo sido mentor en los primeros años de la institución Marañón, que era acérrimo enemigo de las oposiciones de la época, tachadas de "ruedo ibérico" y "santuario del memorieta", se escogieron los primeros jefes por los méritos evaluados por los responsables. Me figuro que sin baremos ni seudocalificaciones ( claro que pasando los años yo mismo fuí víctima de ello cuando solicité la jefatura de servicio vacante en los años 7o.)
El segundo motivo de mi admiración a priori se basaba en mi conocimiento de un trabajo de Aldama sobre un tema importante para mí: el de las esquizofrenias. El, en un viejo congreso nacional, defendió la realidad del síndrome esquizofreniforme y la existencia de esquizofrenias sintomáticas. Los prebostes kraepelinianos de la época se le echaron encima. Publicó un artículo sobre el tema, hoy clásico, pero también quedó postergado y desde entonces su ánimo sensible ( y discretamente paranoide - pues existe un paranoidismo adaptativo - ) le ausentó para siempre de congresos y de publicaciones. Ello claro a la larga condujo a un dorado aislamiento en el que se dedicó a su Valdecilla a sus cosas, a sus consultas y a su casita de Amurrio, de donde era originario. Había perdido, como pronto hube de comprobarlo, me parecía, afán didáctico o científico defraudándome en este sentido. Su primer interno había sido Soto Yarritu con quien yo trabajaría posteriormente y que me refirió más datos y anécdotas. En concreto la siguiente: Dice que insistía, como es natural, en el cumplimiento de las largas y perfectas historias clínicas de psiquiatría, que entonces eran verdaderas novelas. Un día Soto cogió una historia hecha por el jefe en la que solo constaba: "Diagnostico: Esquizofrenia" y mostrándosela a D. José María le dijo:
" ¿ Es así como tenemos que hacer las historias ??? " Y es que D. José María evitaba escribir nada absolutamente. Ni siquiera recetas. Aun menos diagnósticos e informes. Teníamos que escribirlo todo nosotros. ¿Era por mera organización del trabajo en el que pensaba que escribir era tarea del interno o era precaución? ... Era pues por lo menos desconfiado y cauteloso y sabe Dios que problemas reales pudiera haber tenido para justificar esta actitud. Claro está que aquella anécdota podría habernos sucedido a cualquiera y en cualquier momento de nuestro trabajo profesional.
Era discretamente obeso. Tenia diabetes que cuidada escrupulosamente. Ello quizá limitaba también su disponibilidad laboral. De sonrisa educada, trato correctísimo aunque algo distante, sin llegar a ser paternal se dirigía a nosotros en los primeros días de Vd. como era habitual en el hospital y enseguida pasaba al trato más coloquial en el que nos trataba de "tú". Nosotros siempre, como era habitual para los jefes entonces, nos dirigíamos a él con : D. José María.
Me recibió muy amablemente. Yo diría que eso sin embargo no satisfacía, o al menos en mi caso no satisfizo las enormes expectativas y el enorme entusiasmo con que acudíamos a nuestra recién ganada plaza en Valdecilla, ! nada menos ! que nos parecía casi el cielo. Pero quizá el pecado era nuestro, de juventud, estando fuera de la realidad. D. José María me preguntó si conocía Santander y al contestarle que no me dijo: " Pues vaya a dar una vuelta. Dedique el día hoy a conocer un poco la ciudad". A mí me pareció muy bien y me dirigí en seguida a las playas del Sardinero. Era ya otoño y caía una lluvia finita. De lo que no me dí cuenta era que durante los meses próximos como interno nuevo y novato no iba a poder salir del hospital e iba a permanecer encerradito y sometido al aprendizaje y trabajo continuo. Un aprendizaje de lo que era la responsabilidad médica al tener a cargo continuo una porción de enfermos. Un aprendizaje de la terrible soledad a pesar de todo, del novato frente a la falta de organización de las supervisiones y enseñanzas. Ya lo explicaré después. Un aprendizaje de practicón, pues apenas había tiempo de otros estudios y lecturas. No era eso realmente lo que yo buscaba.


7. El Dr. D. José Maria Aldama hijo.
El Dr. Aldama tenia un hijo que se llamaba exactamente igual y que tenia un aspecto también casi idéntico. La misma educación, amabilidad, corrección, tranquilidad, que no lentitud. El había sido interno. Terminaba el internado de cuatro años precisamente en aquel momento y seguía trabajando en el equipo. Se portaba como un compañero a nuestro nivel y podíamos preguntar y comentar todo lo que quisiéramos, si es que había tiempo. Era un encanto. Ofrecía un trato bondadoso, paciente y nos enseñó muchísimo. En el momento, en cambio, de realizar trabajos, guardias etc. el estaba ya a otro nivel, pero nos sentíamos ayudados en los instantes malos. Se lo agradezco con todo el corazón. El sigue en Santander. También establecía, claro un contacto con su padre, si era necesario. Sin embargo las competencias estaban bastante bien delimitadas y he de decir, según explicaré, que eran excesivas para un novato, a pesar de que por haber sido alumno interno tenia ya alguna experiencia clínica y esa capacidad mínima de empatía y seguridad necesaria para realizar una historia. Los Aldama llevaban directamente la unidad y consulta de privados ayudados por el interno mayor y una secretaria, pequeñita y discreta cuyo nombre, me parece era Lucita. Allí no entrábamos nosotros salvo alguna urgencia y sustitución. La unidad de privados, creo recordar el pabellón 14, mantenía una suites señoriales, con el lujo sobrio de la época. Había más flores, más espacio, más mesitas de te, enfermeras más guapas.... nos parecían. Te trataban mejor. Todo iba más lento.
No había muchos más colaboradores; es decir uno más que murió muy poco después de marchar yo de Valdecilla. El Dr. Mateo Real. Era grande, también de grandes bigotes a lo guardia civil, o mosquetero antiguo. Fumaba continuamente. Tan alto que andaba un poco inclinado. También amable, educado y no muy disponible para nosotros. El llevaba la electroencefalografía y casi nada más. Al menos no recuerdo otra cosa.
Así que las personas más importantes para el nuevo eran los compañeros internos del servicio. Trazaré una pincelada de todos ellos según quedan en mi recuerdo de aquellos días. Si escribo algo que no les gusta ruego que entiendan que nunca ha de ser ofensivo, y que aún las pinceladas negativas están paliadas por la templanza del recuerdo y el agradecimiento por lo que me enseñaron.
Leone. No recuerdo ni el nombre ni otros apellidos. Era el mayor y yo creo que no llegué a convivir todo el año con él. Era levantino. Carácter muy serio, intelectual. Recuerdo vagamente conversaciones complejas sobre lo divino y de lo humano, pero aparentemente sin conclusiones pues no puedo dar más detalles. A mi me seguía encantando la filosofía y el ensayo humanístico. Creía que llegaría por este camino a una sabiduría sobre las cosas que me daría sabiduría de la vida. Un grave error de juventud hasta que pude darme cuenta más tarde de que más bien sucedía lo contrario: que el saber sobre las cosas o la cultura a secas me hacia mucho más ignorante y desvalido para la vida; entre otras cosas por la falsa seguridad que daba y la no menos vivencia de fracaso y frustración al comprobarlo.


Hermógenes Castellanos. Era de León y falleció joven en un accidente que casi le habíamos pronosticado, muy cumplidor en su trabajo..... El salía todos los días. Era asiduo al "Tenis" y otros lugares y al día siguiente nos pedía el parte de sucesos y trabajos. Era de baja estatura y delgado. Muy móvil y activo. y con genio muy vivo. Casi diríamos que dirigía él el servicio, pero esto no es una censura. Ocurría así en el resto de los servicios del hospital. De ahí derivaba su capacidad de enseñanza; del desvalimiento y soledad de los jóvenes internos. Pasados los años he de decir que mi recuerdo es bueno. Me enseñó mucho; sobre todo en lo que yo andaba más escaso: la responsabilidad ante el paciente para lo que se mostraba implacable si se cometía algún descuido o un error de dosis ( leve) como recuerdo especialmente en un caso respecto una meningitis tuberculosa.
Aparte del apremio sin ayuda respecto las punciones lumbares, recuerdo otra regañína monumental de Hermógenes. Había llegado a urgencias un joven herido porque jugando al bolo montañés la había golpeado un bolo en la cabeza. No sé si el lector conoce el bolo montañés. Si lo conoce no necesitará más comentarios. ( ¿ El lector conoce el juego de bolos montañés y el tamaño de sus bolas ?? ) Si no lo conoce le diré que la bola del bolo montañés, como el leonés tiene el tamaño doble de una naranja grande y puede pesar alrededor de dos kilos. El bolo voltea una buen altura y el golpe sobre el cráneo puedo ser monumental, pero yo solo ví una pequeña herida que limpié y suture.... sin hacer radiografía. Al llegar Hermógenes me puso de vuelta y media y efectivamente al realizar la radiografía apareció un hundimiento de la tabla externa de la calota. Afortunadamente solo de la tabla externa y por ello no hubo que levantar el hundimiento ni volver a abrir la sutura. Aprendí para siempre que la importancia de una herida deviene de su profundidad y no de su extensión superficial salvo en los quemados.


Franciso Díaz Manrique. Llegó, creo recordar, algún tiempo después que yo. Dinámico, activo, mente clara, gozaba de una simpatía innata, de la que quizás carecíamos los demás internos. Él después de terminar la residencia y de una estancia esporádica en otro centro volvió a Valdecilla en el puesto de Mateo Real que había fallecido precozmente. Años más tarde obtuvo la jefatura del servicio de psiquiatría en el que continua en la actualidad. Un puesto que yo, también había solicitado. Nos vemos de tarde en tarde gozando de nuestro aprecio y amistad mutuos. Nos carteamos bastante años después cuando yo estaba ya en Alemania y así pude seguir un tanto los acontecimientos en los lugares donde había trabajado. Yo tengo unos ciertos resabios proustianos y no solo en la memoria si no en viajes o escritos rememoro el tiempo perdido aun sabiendo de sus peligros y en todo caso de su inutilidad.
En relación con las actividades y recuerdos de aquel entonces quiero mencionar una prueba psicológica inventada por D. José Maria padre y que él denominó. "Prueba de la simbolización subjetiva". Como es muy poco conocida o nulamente conocida y tiene su interés voy a describirla brevemente aquí en recuerdo de Diaz Manrique que años después la aplicó a una importante muestra estando los resultados publicados. Se trata de la presentación al paciente de unos " monigotes " ( así los llamó D. José) formados por cuatro bloques prismáticos de madera de un tamaño aproximado de doce por cinco centímetros. Están pintados de un color distinto cada uno: blanco, negro, azul y verde, creo recordar y siendo iguales en el resto se diferencian además en un símbolo arquetípico que llevan dibujado en la parte superior. El signo de acuario o del agua; el signo de la esvástica o del sol, el signo de la cruz, y el signo de la circunferencia cruzada. Se pide al paciente que los identifique con personas clave de su vida: Si fuera una familia, quien seria el padre, la madre, el hijo mayor.... Si fuera una grupo de trabajo, quien el jefe, su ayudante, un obrero el..... La verdad es que no recuerdo los detalles en este momento. Yo hice alguna aplicación con ello. Leí también a Jung por entonces para entender aquello de los símbolos arquetípicos de la libido. También jugábamos entre nosotros con la prueba de Rorschach que no se aplicaba sistemáticamente, ni teníamos un experto que la enseñase. Gran parte de nuestro aprendizaje era autodidacta.
A mí, que soy medianamente lento y entonces además muy inseguro, me pasmaba la velocidad, precisión y conocimiento con el que actuaba Paco. Tengo una vieja foto ( creo tener) en la que se nos ve en el comedor con nuestro pijamas de médico interno. ( Gastábamos muy poco en ropa)
José Estévez Bravo. Llegó después con otra hornada de internos. Procedente de Extremadura. Había estudiado en Salamanca. Pronto me sentí cautivado por compartir con él muchas inquietudes filosóficas o culturales, y por su personalidad. Aspecto pícnico. Sosegado y paciente. Meticuloso y exacto. Incansable a la ahora de escuchar a los pacientes y también de contestarlos. Entonces y ahora. Después de su estancia en Valdecilla trabajó en Ensidesa de Avilés realizando unos maravillosos trabajos no superados sobre el alcoholismo en el medio laboral. Y en Avilés se quedó y en Avilés está. Mi familia y yo mismo decimos siempre que en caso de necesitar ayuda psiquiátrica rogaríamos que nos atendiera Pepe; es decir el Dr. Estévez Bravo. Así tiene que cargar también con algún familiar nuestro o algún otro paciente sobre el que tengamos precisamente un interés extraordinario.
Creo que con esto esta dicho todo acerca del cariño, respeto y admiración que siento por él. De aquella época recuerdo nuestras largas conversaciones; de los largos comentarios también sobre los pacientes y de la ayuda mutua en los difíciles momentos del trabajo que no eran pocos ni infrecuentes.




8. El Servicio. Su organización y nuestras tareas.


Ya hemos comentado que el servicio de nervios tenia a su cargo la psiquiatría, la neurología y la neurocirugía. Una barbaridad. La psiquiatría y la neurología, es verdad, todavía estaban integradas en una única especialidad de neuropsiquiatría y se comentaba y discutía sobre la conveniencia de separarlas. Lo viví totalmente al llegar a Alemania por aquellos años, luego no era un desdoro que estuvieran juntas. Ahora bien la integración de la neurocirugía con la psiquiatría nos parecía ya entonces aberrante y disfuncional. La neurocirugía ya tomaba por entonces carta importante de independencia con la escuela de Obrador Alcalde en Madrid del cual son hijos casi todos los neurocirujanos españoles y lógicamente debe depender de los servicios de cirugía. En Valdecilla puede decirse que no había neurocirujanos. D. José Maria odiaba, creo yo, la cirugía tanto como nosotros; pese a ello atendía, tenía que atender, lo que llegara y operaba cuando no había más remedio.


Neurocirugía.
Empezaré por lo más temible y costoso para nosotros y para todos. Era la época del despegue de las motos. Gente joven y rápida, emocionada por el artilugio, sin casco por supuesto. Paraban todos los golpes con la cabeza. Todos los fines de semana había accidentes graves craneoencefálicos que revertían a nuestro servicio. Ya lo he comentado. Teníamos que afinar la exploración neurológica. Solo teníamos rayos X simples y electroencefalograma. Nada de angiografías, ni por supuesto de técnicas de imagen. ¿ La pupila ? Paresias ? Focalidad ? Curso de la misma ? Estado de conciencia....? Todo para el diagnóstico de hematomas intracraneales y contusiones aunque en estas últimas no se pudiera hacer mucho. Aún así no se vaciaron muchos hematomas y no sé cuantos pudieron fallecer por este motivo y sin diagnosticar. El cuadro adyacente de la confusión, agitación etc. contusional lo tratábamos en una sala de obervación. No no habia UVI , ni monitorizaciones. Como sedante el fatal cocktail de Laborit: Escopolamina, hydergina, morfina. En algún caso nos atrevíamos a hacer una hibernación superficial también bajo el método de Laborit. Con frecuencia lo complicaba todo el alcohol. Prevención del delirium con goteros, distraneurina. Por entonces comenzamos a usar este medicamento que nos pareció milagroso para la prevención o tratamiento del delirium. Sí; disponíamos del largactil y también del meleril, la reserpina y el moprobamato, también excelente y de manejo fácil en casos no muy graves de ansiedad. En todo caso el tratamiento en general de los síndromes orgánicos confusionales o comatosos, sin UVI, sin scanner, y con mala cirugía era temible. A mi nunca me gustaron los cocktail con Neurolépticos o con escopolamina. Producían todos unas tremendas depresiones centrales y por aquel entonces nadie, sabía, quería, podía o tenía ganas de explicarnos porqué y como aparecían estos síndromes poscontusionales de agitación confusión, que llamábamos también por los nombres clásicos de "amencia". Hacíamos lo que podíamos, y recuerdo así con horror que cuando teníamos a nuestro cargo, léase a mi cargo.... un traumatizado agitado teníamos que pasar directa y personalmente cada hora para autorizar inyectar o inyectar nosotros mismos las dosis de uno dos o más centímetros de largactil... o el cocktail. Teníamos presente - a ojo clínico - el riesgo del edema cerebral, que tratábamos con goteros de urea intravenosa, y por supuesto también cada dos horas o antes, teníamos que realizar la exploración neurológica, incluido el fondo de ojo para captar a su tiempo el síndrome hipertensivo endocraneal.


Eso sí, de vez en cuando - tres o cuatro durante el año y medio que permanecí en Valdecilla - D. José realizaba una leucotomía. Unilateral o bilateral. Cuidadosísimamente con el neurotomo plano. Cuidando no desgarrar, ni profundizar y sentando la indicación en gravísimos casos de angustia en una paciente obsesiva, o en una oligofrenia con epilepsia, agitación y destructividad incontenible. La obsesiva mejoró bastante. El oligo no. Tuvimos ocasión de ver sin embargo pacientes que habían sufrido la leucotomía. Resultados variables. Prefiero no decir más.
Otras veces se había localizado ya un tumor o un absceso. Recuerdo un caso de afasia debido a un absceso: D. José María consiguió limpiarlo totalmente y el paciente mejoró. Un meningioma fué extirpado con buen resultado pues es un tumor benigno y bien delimitado. En otro caso tras laboriosísima apertura del cráneo con los agujeros de trepano y la sierra de pelo, descubrimos un tumor y tras comprobar la consistencia y a veces extraer material para biopsia, volvimos a cerrar. Era un glioblastoma. Nos pareció muy deprimente, pero esto también desgraciadamente es inevitable hacerlo ahora. Tengo un cuaderno con apuntes de las vivencias y casos de aquella época. Aún me emociono al releerlo.
Ya solo esta tensión y estas tensiones nos impedían , me parece, el reposo necesario para la actividad psiquiátrica que en gran parte era así también de urgencia y apagafuegos. Yo no estaba totalmente contento. Aún así lo peor queda todavía por ser descrito.


Creo recordar que por las fechas en que yo abandonaba Valdecilla se estaba instalando ya aparatajes para la realización de angiografías cerebrales. Una técnica imprescindible y que había sido creada por Egas Moniz nada menos hacia más de una treintena de años. Antes la transferencia de la investigación a la práctica rutinaria de cualquiera innovación era mucho más lenta.




9. Las consultas.
No recuerdo si era diaria o no. En todo caso teníamos consultas externas al hospital que se nutrían en general de pacientes que habían estado ingresados. Solía pasarlas el propio D. José o su hijo y nosotros le acompañábamos y ayudábamos. D. José era muy rápido pero también muy seguro. Creo que yo mismo he heredado este estilo en mi quehacer profesional. Fuera toda charla inútil. Entiendo que en ello consiste la eficiencia, de la que hoy día tanto se habla La exploración neurológica que en general exige mucho tiempo y gran meticulosidad, era en sus manos cuestión de minutos centrada en los síntomas, áreas, nervios o funciones implicadas. Lo hacia muy bien y exigía que nosotros domináramos también ese estilo: rápido y seguro. Reflejos, marcha, lenguaje, pares craneales, fondo de ojo, constantes médicas básicas. En seguida lo hacíamos nosotros en su presencia. En seguida decía qué análisis había que pedir: En general los sistemáticos, urea y glucosa. Entonces no había autoanalizadores y cada análisis era costoso en tiempo y espacio. Tenían que estar justificados. Allí mismo, la enfermera hacia las extracciones. Allí mismo tenia D. José parte de su consulta particular. La otra la tenia en casa. Allí tenia una enfermera fiel, que muy bien recuerdo ( Lucita,) que hacía también de secretaria y recepcionista. Nos llevábamos muy bien con ella. Era menuda y silenciosa. Pulcra y ordenada. No recuerdo más de ella.


El Dr. Aldama había diseñado un nuevo tipo de martillo de reflejos. Era verdaderamente curioso. Era más bien grande y pesado, en metal. Aún lo tengo en casa aunque nunca más lo utilicé fuera de Valdecilla. Tenia forma de gancho o mejor dicho de un signo de interrogación como de palmo y medio de grande. En su punta llevaba una goma dura redonda. El mango era también metálico. Se llevaba muy bien colgado del bolsillo de la bata y servia también para juguetear en los momentos aburridos... o tensos. Funcionaba bien. El gancho condicionaba una cierta elasticidad y desde luego era mucho mejor que los modelos al uso existentes en las tiendas españolas del momento, que eran muy pequeños y no podían balancearse bien para dar el golpe preciso. Solamente en Alemania, más tarde, utilicé modelos más bonitos y conocidos pero no más eficaces. En Valdecilla solamente utilizábamos este modelo, pero el Dr. Aldama lo utilizaba pocas veces y dejaba las exploraciones en nuestras manos.


Sí, sí: se hacían muchas cosas. Más de las que pudiéramos pensar hoy día. Más incluso que las que hoy día hacen los psiquiatras en las consultas. Por ejemplo. Terapia electroconvulsiva, o sea electrochoque ambulatorio. Se aplicaban a epilépticos graves que eran así " descargados mensualmente". En estos casos en que el paciente estaba bien motivado y cuyos umbrales y tensiones exigidas eran conocidos etc. nos entrenábamos los internos a dar el TEC. Lo toleraban estupendamente. No estaban más de una hora en la consulta. Se marchaban a veces solos. Desde luego se daban todavía " a pelo"; es decir sin anestesia ni relajación. Era algo rutinario. También se daban a depresivos conocidos que comenzaban a entrar en una fase melancólica. Hoy día se ha vuelto a poner de moda este tratamiento preventivo después de los largos años de ostracismo y descrédito del TEC por parte de la ignorancia fanatizada... Otros casos naturalmente ingresaban.


Realizábamos también ambulatoriamente tratamientos por. ej. de la tartamudez por medio de la relajación y descondicionamiento mediante la inyección intravenosa de pentotal. Lo mismo lo utilizábamos para hacer narcoanálisis. Todo con gran entusiasmo y curiosidad por nuestra parte. Eramos, pues muy activos. Hablábamos con las familias y dábamos instrucciones precisas que entonces eran recibidas con un máximo de aceptación y seguimiento. No nos dedicamos demasiado al alcoholismo en su aspecto ambulatorio. Era una psiquiatría más bien dura y el alcoholismo aun no tenía la dignidad clara de enfermedad psiquiátrica, si bien teníamos que atender tanto a las intoxicaciones como el delirium tremens del que luego hablaré.
En algunos estantes y armarios obsoletos se guardaban algunos aparatos de faradización y exploración neurológica eléctrica. No electromiografia, todavía poco conocida. Se disponía de electroencefalograma del cual era responsable el Dr. Mateo Real ayudado por un interno en rotación, que hacia a la vez otras muchas tareas. El aparato era moderno, de 6 o doce plumas. De lámparas de vacío y fabricación francesa: Alvar. Funcionaba bien y todos éramos expertos en cuidar y limpiar las plumillas, cargar la tinta y eliminar los parásitos eléctricos. Daba mucho calor y metía mucho ruido.
Disponíamos en las consultas de meleril, largactil, atarax, meprobamatos, y las familias de barbitúricos y estupefacientes que manejábamos con mucha precaución. También existían algunos otros medicamentos con fama de antipsicóticos que están definitivamente olvidados; por ejemplo el Frenquel y el Meratran, pero la verdad es que no me acuerdo en absoluto de su acción o posible eficacia o de la frecuencia con que lo manejábamos. Quizás las psicosis agudas eran patrimonio terapéutico de los " viejos " y yo no llegué a viejo en Valdecilla porque me marché prematuramente. Pero no adelantaré acontecimientos. En fín; esto de las consultas ya lo había comentado antes.


10. Los servicios hospitalarios.
El servicio de nervios tenia a su cargo diversas salas. Una de neurología y un pabellón entero de psiquiatría: el famoso 20.


La sala de neurología estaba en el tercer piso de un pabellón cuyo numero no recuerdo ahora. No tenía bien definida el tipo de pacientes, ni las estancias. Se mezclaban casos agudos, por ejemplo meningitis - eran frecuentes las tuberculosas o virales - y las enfermedades crónicas e invalidantes que permanecían mucho tiempo debido probablemente a problemas sociales en los que no entrábamos demasiado o más bien nada. En todo caso tuvimos ocasión de ver durante largos meses enfermos "estrella" de tipo crónico afectos p. eje,. de enfermedad de Wilson, o de Friedreich o de Pierre Marie o miotonia de Thomsen, que estudiamos profundamente. Desde luego las más frecuentes de Parkinson o demencias orgánicas siempre en situación avanzada. No recuerdo situaciones agudas por ejemplo de miastenias o Elas. No recuerdo ningún caso de la enfermedad de Kreutzfel Jackson tan de actualidad en los días en que corrijo estas líneas. ( Enero de 2001)
Y ahora me toca entrar a lo más personal. Recién llegado me adjudicaron esa sala de neurología en ese tercer piso del pabellón 20.. Nadie me acompañó ni en el primero, ni en el segundo ni en los demás días sucesivos. Me aconsejaron que me fiara de las enfermeras. Ví las historias, exploré a las pacientes.... y pasados unos días, de repente, me avisan las propias enfermeras de la sala que tengo que hacer una punción lumbar. Yo nunca la había hecho, ni creo que la había visto hacer. Mi angustia, ya de por sí grande y habitual se hizo enorme. Pero yo no estaba dispuesto a ceder ni a achantarme. Ya había visto que allí se aprendía por el "ensayo y error " y por la" practica habitual " y desde luego entonces nadie protestaba y todos los pacientes por estar acogidos en Valdecilla ya estaban contentos. Leí todo lo que pude sobre la punción y allí me dirigí haciendo de tripas corazón. La enfermera como era habitual me presentó pulcramente el instrumental, a la paciente preparada y limpia. Se trataba de una joven con una enfermedad degenerativa y una..... tremenda escoliosis. No me arredré. Primero sentada, luego tumbada, luego..... pinchaba siempre en hueso. No percibí unas risitas de las enfermeras. Me declaré sencillamente incapaz y me marché deprimido. La paciente impávida. Debía ya estar acostumbrada a los pinchazos sin descabello.
Desde aquel momento las punciones lumbares se constituyeron en fantasmas de mis sueños y tema de conversación prioritario con mi novia que acudía a temporadas desde Valladolid a Santander. Aparte de apenas tener tiempo y permiso para salir con ella, aparte de tener bloqueada la entrada en el hospital por la acción sistemática del centro a las "intrusas", creo que no tenía con ella otra conversación que mi angustia por las punciones lumbares. Yo durante meses sufrí indeciblemente. Desde luego me enteré pocos días después de que aquella petición de punción imposible fue una cruel y antideontológica novatada de las enfermeras. Hoy me pregunto qué hubiera pasado si lo hubiera denunciado al jefe de servicio o a la dirección. Pero entonces estas cosas eran sencillamente impensables. Pasados unos meses dominaba perfectamente las punciones. Incluso me gustaba hacerlas. El aspecto técnico se me daba muy bien pues yo siempre he tenido una gran habilidad manual fomentada por mis aficiones extramédicas en relojería , automatismos, mecánica menuda juguetes teledirigidos y otros, pero esto no incumbe a estas memorias. Desde luego teníamos nosotros mismos que sentar la indicación y explorar el fondo de ojo. Aprendimos lo más elemental utilizando unos pesados oftalmoscopios de fabricación alemana.
Precisamente en Alemania después de realizar cientos de punciones, también occipitales y de todo tipo de encefalografías el Prof. Erbslöh más en serio que en broma me llamó " Punctator máximas". Lo hacia mejor que él y me llamaba por eso para sus pacientes privados, pero esto vendrá después.




11. Las salas de psiquiatría.


Estaban ubicadas, como hoy día, en el pabellón numero 2o. En los hospitales generales el número o denominación de las salas de psiquiatría se convierte rápidamente en símbolo y en improperio. "Estás para el 20". En Valdecilla no ocurría otra cosa, y como resultado aquellas salas siempre estaban algo más sucias, algo más abandonadas de mobiliario y aspecto y a veces hasta de personal. Claro que siempre existía una gran diferencia entre las de hombres y las de mujeres. Las segundas estaban atendidas por enfermeras como el resto del hospital, pero las de hombres estaban atendidas por celadores que tenían una menor, por no decir nula, formación profesional. Eran mocetones, casi todos procedentes de áreas rurales y a los que se les pedía fortaleza física y si acaso una personalidad más o menos paciente. Así sucedía en todas partes aquellos años. Desde luego la separación entre hombres y mujeres era rigurosa.


Ingresaban toda clase de problemas agudos. Haré algunos comentarios sobre la forma general de atención y tratamiento de los cuadros más frecuentes.
Los delirium tremens. Eran muy frecuentes en hombres jóvenes. Sobre todo marineros. Bebían fuerte en el puerto y al embarcar por la prohibición absoluta de alcohol a bordo, caían con frecuencia en el síndrome de delirium tremens o de abstinencia grave. Eran cuadros gravísimos, al menos cuando llegaban a nosotros con frecuencia después de varios días de evolución. El estado general estaba empobrecido. Era frecuentísima la asociación con neumonías o cirrosis derivando a veces a comas hepáticos casi irreversibles. La agitación y la hipertermia eran norma general. Lo peor sin embargo era la rutina de cocktail sedante que solía administrarse para el traslado o en intento de tratamiento previo. Se utilizaba indiscriminadamente el llamado cocktail de Laborit. Asociación de hydergina, escopolamina, y morfina. Este tratamiento había sido desarrollado especialmente para las curas de hibernación tras grandes traumatismos o intervenciones y podía aplicarse en unidades de vigilancia intensiva o de reanimación quirúrgica, ya que UVIS tal como se conciben hoy día no existían.
Este tratamiento producía una intensa depresión central. Los pacientes podían llegar medio comatosos, hipotérmicos y deshidratados. Había que colocar sueros y más o menos a ojo seguir la hidratación y el estado electrolítico y equilibrio ácido básico. Todo ello lo tenia que hacer el propio servicio al que pertenecía al paciente y los delirios pertenecían a "nervios " Ello obligaba a un ejercicio continuo de la medicina más difícil con medios más bien precarios. Calculo así que el d. t. tendría un mortalidad próxima al 20 %. Claro que sin tratar podría llegar al 70 por ciento. Los casos menores o de predelirio no llegaban a nosotros. No teníamos muchos elementos de sedación y tratamiento básico, pero por aquel entonces se introdujo la distraneurina que nos pareció milagrosa. Yo dispuse, y he tenido hasta hace poco, los estudios franceses originales sobre la puesta en escena de este magnifico medicamento. Se trataba de una tesis doctoral de la mismísima Salpetriére. Ello mejoró enormemente el tratamiento. Se aplicaba casi siempre por via intravenosa. Los pacientes que podían tragar recibían más bien barbitúricos o meleril, atarax etc. Todo iba bien.


Cuadros funcionales. Los había y gravísimos. Recuerdo una paraplejia histérica en una mujer joven que llegó a nosotros después de estar encamada varios años en su casa. Tenia anquilosis de las rodillas y posición fetal. No tuvo solución. Otra paciente, procedente de un medio social elevado, tenia que ser alimentada por sonda diariamente. Una sonda gástrica, gruesa como un dedo y que se colocaba en cada administración para retirarla después. No era fácil habitualmente colocar esta sonda si el paciente no quería tragar. El riesgo de que pasara a la traquea y el enfermo se ahogara o tuviera una aspiración era muy grande. Yo tenia mucho miedo a esta sonda. Mas la paciente a la que me refiero se la colocaba ella misma o bien avanzaba su nariz ( se metía por la nariz) para que la colocáramos y entraba como una seda. Se negaba a comer absolutamente, pero la encantaba la sonda. Así durante años y años. Se hacia una administración diaria. Él interno vertía en un gran embudo litro y medio de alimento que venia ya preparado de enfermería. Leche, huevos, azúcar, vitaminas, alguna medicación, a veces papilla infantil. A pesar del asco que daba, olía bien. Al retirarla siempre salía algún moco colgando del extremo de la sonda que se limpiaba con una servilleta de papel. La medicina es oficio sucio donde los haya. Yo a pesar de toda mi experiencia y conocimiento previo, ya me di cuanta de que todo esto no me gustaba. Mi interés se seguía centrando en la curiosidad por el conocimiento, el estudio y la investigación de las funciones psíquicas. El objeto y función más complejo del universo, Por eso me atraía, pero cada paciente uno por uno me producían más bien repulsión y si por acaso alguno me atraía, era más bien por la pena y compasión que me producían.
A otra paciente con vómitos psicógenos la hacíamos unas infiltraciones de novocaina en forma de habónes en el vientre con intención sugestiva. A una alopecia areata lo mismo en el el cuero cabelludo. A una asbasia histérica administrábamos unos choques frustrados o unos toques de corriente farádica. Esto se sigue haciendo hoy día en muchos servicios de urgencias de los grandes hospitales de Barcelona y Madrid.


Para las depresiones aún no había una medicación eficaz de rutina. Acababa de salir el tofranil. Precisamente en mi viaje de fin de carrera habia visitado las instalaciones de Ciba- Geygi ( hoy Novartis ) en Basilea y habiendo tenido noticia del medicamento tuve la ingenua pretensión a solicitud de mi padre de llevarme algunas cajas en el bolsillo. Me dijeron que pronto estaría en las farmacias, pero yo no recuerdo que dos años después estuviera disponible en Valdecilla. Comenzaban los inhibidores de aminooxidasa y la iproniacida. Un derivado de una droga antituberculosa cuyos efectos secundarios bien pude comprobar por un incidente por el que merecí otra fuerte regañina ( así lo viví yo ) del interno mayor - Castellanos _ Se trataba de una paciente joven con una meningitis tuberculosa que estaba a mi cargo. La puse la pauta de iproniacida. El resultado fué un episodio maniforme....! Castellanos se empeñó en decirme que me había pasado de dosis en relación con el peso de la paciente y además me advirtió sobre el riesgo de una poli neuropatía, según indicaban los prospectos y literatura del producto. Pasé un miedo tremendo. Sin embargo no recuerdo el tratamiento de muchas depresiones en aquel momento y entorno. Sí recuerdo un gravísimo caso de lo que se llamaba entonces neurosis obsesiva. No cedía con nada y al fin D. José la hizo una leucotomía mejorando enormemente su angustia. Ya lo he comentado.


El Largactil era todavía una droga supernueva. Entonces se conoce que tardaba bastante la comercialización del producto y la disponibilidad en los mercados extranjeros..... Los esquizofrénicas eran tratados básicamente con choques o con dosis altas de meleril. No recuerdo curas de largactil como las que aplicaría 7 años más tarde en Pamplona. La discriminación diagnóstica de los cuadros psicóticos era muy elemental y a casi todos se les denominaba esquizofrenias. D. José jamás habló ni siquiera coloquialmente de sus trabajos de los años 30. Su interés estaba centrado en la practica cotidiana y en la resolución del problema. Jamás hubo una sesión clínica, ni bibliográfica, ni un programa reglado de rotación o formación de los residentes.... y aún así con la clínica de la Concepción y el Hospital de San Pablo de Barcelona se decía que eran los mejores o únicos centros de formación especializada del país. Por eso quien no podía acceder a ello salía una temporada - o unos días de excursión por aquí y por allá - y volvían ya con la fama de santos, quiero decir de consumados especialistas formados en el prestigioso exterior. Yo que había tenido un contacto importante con Alemania suspiraba con trabajar y estudiar en Alemania y hacer mi tesis doctoral. Intentos de hacer la tesis en la propia Valdecilla fueron totalmente nulos. Falta de tiempo, de dirección y aún de clima y hábito. Yo pensaba, sin embargo, mucho en ello. En la tesis, en la investigación en formarme mejor, en el estudio. Durante este tiempo de Valdecilla medité y escribí. Hablé bastante con los compañeros, sobre todo Estévez, y elaboré varios diseños de una posible tesis. Ello me lleva a escribir mis recuerdos sobre la biblioteca y estudios y reflexiones que enlazaran con mi próxima etapa. Pero antes es necesario que me detenga sobre un acontecimiento y variación importantes que se produjo precisamente durante mi estancia en Valdecilla: La inaguración del Sanatorio Psiquiátrico Nuestra Señora del Rosario de las hermanas Hospitalarias y denominado coloquialmente de Cueto por estar situado en este pueblo - bario de Santander.




12. Sanatorio Psiquiátrico Nuestra Señora del Rosario de Cueto.
El pequeño lugar de Cueto ( entonces ) estaba situado en una loma maravillosa por detrás de El Sardinero. Desde allí se divisa ( se divisaba) la Bahía de Santander, las playas primera y segunda, los jardines de Piquío. Volviendo la vista hacia atrás aún veíamos el típico paisaje Montañés de suaves prados y lomas vertiendo hacia el mar y salpicadas por algunas casas de paisanos y algunas otras particulares que no eran todavía los típicos chalets sino mansiones o palacetes de los burgueses enriquecidos en la primera revolución industrial del Norte Español y que llegó también parcialmente a la Montaña o en las Américas. En primera línea de vistas apareció entonces un edificio de ladrillo, con bella entrada, salpicado de piedra blanca, con diversos pabellones que se extendían por detrás del principal de la fachada y jardines si no muy grandes sí cuidados y acogedores. Así eran todos los centros de las hermanas hospitalarias diseminados por todo el mundo y especializados en la asistencia psiquiátrica en una meritoria labor que aún necesita su gran historia, aunque tenga numerosas pequeñas y locales. Nosotros no sabíamos nada. La noticia vino de repente. Se inauguraba el centro y D. José Maria era nombrado director. Hospital claro solo de mujeres y pensado sobre todo para hospitalizaciones de larga duración temiendo utilizar también entonces el término de crónicos.


Me acuerdo perfectamente del día de la inaguración, No de la fecha.
Bastante gente. Descubrimiento de una placa conmemorativa con fechas y nombres que todavía existe en el mismo lugar. Visita de las instalaciones con sus plantas, con sus cuadros, con sus cortinas, cafetería gimnasio, costurero, magníficas cocinas, pasillos amplios y luminosos. No excesivamente grande para lo que eran entonces los sanatorios manicomios.
Inmediatamente una noticia estupenda para nosotros: Los internos íbamos a realizar guardias en el centro. Trabajaríamos allí con lo que tendríamos experiencia en enfermos crónicos y además ! Nos iban a pagar la suculenta cantidad de 500 pts. por cada semana seguida de guardia que hicieramos. !!!! Ya tendríamos dinero para convidar a la novia - siempre que fuera parca en sus caprichos y estos no fueran más allá que una coca cola y un cine dos o tres veces al mes.... Efectivamente se organizó nuestra rotación por el centro a base de una semana cada uno, cada mes ya que éramos cuatro internos. A mí precisamente me correspondió ser el primer interno que hizo guardia allí. Comentaré algunos de mis recuerdos.


13. La casita del médico.
Nos produjo admiración e infinito agradecimiento a las benditas monjas hospitalarias. Anexo al edificio principal, con su puerta propia, el interno de guardia " de semana " disponía de una pequeña casita o apartamento. Una salita cómoda con su televisión - entonces en sus comienzos en España.- Butaquitas, cama limpia y sobre todo sueño garantizado por el silencio del entorno y las escasas demandas que nos hacían y menos por las noches. Nos llevaba la comida a la casita una camarera que era paciente del centro naturalmente. No recuerdo su nombre. Solo que era alta y bien parecida, amable y desde luego formal. Conversábamos evidentemente con ella que permanecía de pié brevemente en la habitación y que volvía a recoger la bandeja después. Debía de tratarse de alguna paciente de buen nivel social y cultural y que no presentaba aparentemente ninguna sintomatología. Me supongo que adolecería de algún problema neurótico, obsesivo o similar. Eran frecuentes los ingresos prolongados en estos casos en que una familia pudiente, las más de las veces, destinaba a largos ingresos o permanente estancia a algún miembro con problemas de conducta o similares de menor cuantía psiquiátricamente pero quizás de gran trascendencia en lo social. Este tipo de enfermas - también por supuesto similares de niveles sociales inferiores - eran muy apreciadas en los sanatorios de entonces. Realizaban funciones importantes en las porterías, teléfonos, oficinas, comedores, limpiezas, lavanderías y roperías..... No debe juzgarse con la mentalidad actual. Aquellas personas probablemente tampoco podían competir libremente o vivir solas en el exterior y tenían en el hospital su refugio, su casa y su protección. No existían actividades de rehabilitación, ni centros intermedios, ni pisos protegidos y si bien por una parte las familias eran más extensas y podían afrontar mejor casos de enfermedad mental, por otra la tolerancia al desviante era menor en la familia y en la sociedad de entonces y desde luego los tratamientos eran largos, las altas escasas y la mentalidad en general dominante aceptaba que el ingreso en estos sanatorios tenia más por objeto la reclusión y el cuidado que la rehabilitación o curación.
Nosotros disfrutábamos de esta casita y esta cuidada atención. Descansábamos profundamente del enorme trabajo de Valdecilla y de tantas noches a veces sin dormir o del mal comer a deshora y con prisa. Allí todo era lento y pausado. Teníamos tiempo para leer y estudiar. No solo eso; se permitían visitas de amigos y de amigas, mejor en pequeños grupos y nunca supimos o supe si parecía bien, mal o regular pues nunca dijeron nada aunque pasados los años me enteré de algún comentario, ya inútil pues la visita de aquellos días se había convertido en mi esposa y a ello sin duda habría ayudado precisamente aquella casita y aquellas plácidas tardes. Claro que lo peor era permanecer encerrado 7 dias seguidos a la vista del mar y las playas que se extendían a los pies y del ajetreo alegre del verano, que era entonces más selecto y menos ruidoso y masivo que el actual. El Sardinero y Santander era un lugar elitario de vacaciones. Algún día no pude resistir la tentación y me escapé a un baño o un café rápido en el Rhin o el casino..... Tenia una moto Vespa. Tuve que saltar la tapia un día y parece que me vieron, pues regresé un poco tarde. pero nadie dijo nada. ¿ Acaso era justo laboralmente esa guardia seguida de 7 días, más los que se añadían de Valdecilla ? Por supuesto no había sindicatos, ni ordenanza laboral, ni servicio de medicina de empresa, ni a nadie se le pasaba por la cabeza protestar en los más mínimo. Sin darnos cuenta nos vengábamos con esas pequeñas trampas y la verdad es que respecto a dedicación, interés, trabajo y profesionalidad en su conjunto si lo comparásemos con la tecnificación deshumanizada actual más bien saldría ganando el método antiguo. Pasados unos días me dí cuenta de que, claro está, que se habían enterado y me gané la correspondiente regañida de Hermógenes. D. José nada dijo, pero sé que pasados muchos años todavía se comentaba que aquel interno, luego psiquiatra más o menos conocido tuvo que saltar la tapia.






13. El trabajo en Cueto.


Ya he dicho que apenas nos llamaban las benditas monjas. Estaban acostumbradas a trabajar solas. Yo me imagino que más bien la presencia de médicos de guardia venía impuesta por la legislación o la dirección. Tenían a gala hacer ellas todo... por supuesto sabían mucho más que nosotros en el aspecto práctico. Mas bien entendían que el médico de guardia lo era como médico general de la casa más que como psiquiatra. Nos llamaban en caso de accidente importante o enfermedad grave.. realmente muy grave. Mas de una vez para firmar el certificado de defunción que ellas no podían firmar. Desde luego no nos llamaban por fiebre, un vómito o una herida banal. Era por ello fácil pues si el asunto era difícil no teníamos más que evacuar al paciente a Valdecilla. Lo de los certificados se aprendía con el primero. Esto - lo del traslado - no pasaba en casi ningún manicomio de crónicos. Ya me referí a ello en mis reseñas sobre Quitapesares y ya volveré sobre la situación en Santiago de Compostela 15 años más tarde. Teníamos la impresión además de que no las gustaba mucho a las monjas que conociéramos sus formas de trabajo y sus costumbres asistenciales interiores, fueran buenas, malas o regulares. Ellas llevaban las llaves, los botiquines, las historias.... Aún por la noche había hermanas, naturalmente de guardia también, no por pabellones sino por grandes espacios mediante rondas de un pequeño equipo. Desde luego ellas administraban a su criterio medicación o sujeción mecánica o trasladaban a una paciente. Estoy hablando de las situaciones de urgencia en las guardias. Realmente yo no recuerdo más de tres o cuatro urgencias propiamente dichas en las que me llamaran o sacaran de la cama. Una herida de la cabeza importante y que tuve que suturar y en lo que éramos expertos por nuestra experiencia en Valdecilla y poco más.


14. Las enfermas.
El centro había sido concebido para atender a las pacientes de la provincia de Santander que se encontraban ingresadas en hospitales fuera de la provincia. El principal era el de San Luis de Palencia perteneciente también a las Hermanas Hospitalarias. Estos centros de Palencia que tantos años dirigió el Dr. D. Luis Vela, eran enormes, como el de Cienpozuelos de Madrid y mantenían ingresados a pacientes de toda España. También cuando se inauguró Quitapesares los enfermos de Segovia que estaban allí ingresados fueron trasladados desde Cienpozuelos y Palencia. Así se hizo también en Cueto. Y de esto quiero contarles algo: del traslado de los enfermos; las enfermas, claro. Venían en autobuses; dos cada vez, creo recordar, y hasta un total de unas doscientas en varias expediciones. Yo no las acompañé desde Palencia pero estaba en Cueto para su recepción cuando llegaron. Es uno de los espectáculos más tristes que me ha dado la psiquiatría, y han sido muchos. Venían desde luego acompañadas de varias hermanas y celadoras. Venían por supuesto con abundante provisión de medicaciones varias, y objetos de aseo y asepsia. Pero no sé si alguien tuvo la previsión de pensar en la posibilidad de que se marearan. Eran enfermas casi todas mayores, de largos años de internamiento. Muchas demenciadas, otras débiles profundas. Otras con cuadros neurológicos crónicos: hidrocefalias, deformaciones congénitas..... No habían viajado nunca o nunca en los últimos x años. A mi me parece que la mayoría se marearon. Llegaban gimiendo y llorando o agitadas y contenidas y en todo caso revueltas en sus vómitos o deyeccciones para las cuales las pobres hermanitas no pudieran dar abasto. El olor al abrir la puerta del autobús era indescriptible. Yo ya sabía que la medicina tenia que ver con la pobreza, la suciedad y francamente el asco en tantas ocasiones. No sé si el espíritu religioso basta para superarlo. El científico teórico que a mí me había movido a la psiquiatría desde luego que no, por lo menos en aquel momento. Luego, en días y meses sucesivos fuimos conociendo individualmente a las pacientes y así nos confrontamos directamente con lo que era la enfermedad mental bruta limpia y moronda.


Las guardias en Cueto, por ello, nos dieron pié para el conocimiento y estudio de los grandes síndromes psiquiátricos crónicos y defectuales. A mí me seguía intrigando la esquizofrenia. Tengo aún copia de numerosas historias clinicas de aquel tiempo. Escritos, cartas, dibujos y otras producciones de pacientes. Me da la impresión de que aquellos síntomas tan evidentes, aparatosos y fascinantes no se dan hoy día. Por ello defendía Sarró tanto el estudio del delirio sin el afán inmediato de eliminarlo o desatenderlo. El delirio era descripción y esencia de personas y de personalidades. Era fenómeno de la naturaleza poco conocido y casi me da la impresión de que antes de ser conocido bien, como especie extinta y pérdida de diversidad biológica, desaparece y ha desparecido. Los ejemplos de lenguaje disgregado o de pegajosidad reiterativa del epiléptico, o las grafismos y dibujos llenando entero el papel y tan bien descrito por los clásicos, leasé Bumke, como geometrismo mórbido, eran frecuentes y los guardo como reliquias psicopatológicas que aún cito como ejemplo en mis clases. Claro está que en estos últimos 20 años solo he trabajado en la unidad de agudos del hospital clínico de Valladolid ( donde atendemos a muchos crónicos, aunque no tanto ) y en Conjo, en Santiago como se verá, nuestro "furor asistencial y rehabilitador" condicionó el olvido de la psicopatologia y la penetración humanística en el defecto esquizofrénico.
Permitidme unas pinceladas descriptivas. Figuraros un patio bastante grande salpicado por las distintas enfermas. Todas aisladas. La mayoría en las esquinas. Algunas sentadas en bancos. Vestidas con trajes sencillos pero sin uniformes. Al comienzo del día limpios y arreglados. Según pasaban las horas desaliñados pero en general no sucios. Los enfermos sin embargo decoraban, variaban, cuidaban o modificaban mucho sus vestimentas de acuerdo con la sintomatología. Por ejemplo. Ello ya no se vé, creo, desde luego yo no lo veo y ya no se permitía en los centros en que después estuve y que como veréis fueron variados y en muy distintos lugares. Pero allí en Cueto se permitía, más por permisividad que por descuido, entiendase bien, una cierta indumentaria propia acorde con la enfermedad. Me explicaré: Una maniaca crónica, mujer de unos 6o años, gruesa, alta, de buen aspecto todavía, se maquillaba ostensiblemente en rojo y en verde y dedicaba su tiempo a construir curiosos muñequitos con trapos. Utilizaba trozos de medias que al ser elásticas al rellenarlas con trapos de diversos tamaños y colores remedaban peluches más o menos fantásticos. Fabricaba muchos. Los regalaba a otras enfermas. Jugaban con ellos y tan pronto recordaban un papagallo, como un auténtico muñequito o un perrito. No eran de buen gusto. Un tanto monstruosos. Nos los regalaba también a nosotros que paternalisticamente los agradecíamos para tirarlos después a la basura. ¿ No habia colecciones de arte psicopatológico en el que tantas veces se fundían lo popular con lo delirante ? Entre otras tantos objetos sueltos recogidos en la larga vida de psiquiatra recuerdo unas estatuillas que fabricaba estereotipadamente un enfermo de Quitapesares. Simulaban dioses precolombinos y !Oh portento ! Se parecían muchísimo a aquellos monigotes de la prueba de simbolización subjetiva del bueno de D. José. Pero este material no ha sobrevivido, solo aquel, como decía, plasmado en papel que abulta menos.
Otras se aficionaban a colgarse collares inverosímiles hechos de judías, avellanas o nueces. ¿ Acaso los pueblos africanos no fabrican sus collares con semillas ? ¿ Y nuestros ancestros paleolíticos con conchas y dientes de animales ? Bueno, la explicación no es necesario que la proporcione Jung; es suficiente entender que eran seres humanos desconectados de su sociedad, deficitarios en su mente y con tiempo abundante que fabricaban cosas con los elementos de deshecho que tenían a mano. Testimoniaban en cambio la disposición innata para el arte propia de la especie humana.
Citaré algunos enfermos estrella que en compañía de Estévez, sobre todo, intentamos estudiar en profundidad - siempre por nuestra sola cuenta y riesgo.- Una enferma de catadura horrible, labios abiertos, baba siempre pendiente y ojos inyectados en sangre parecía ladrar. Sí, sí, ladrar. Emitía unos sonidos autónomamente, dirigidos a nadie y casi continuos. ¿ Habrá algún resto de palabras inteligibles en aquellos ruidos ? Por supuesto no emitía otros ni contestaba ni fijaba la mirada a nuestros requirimientos. Compramos un magnetófono. Ya lo comenté anteriormente. Un aparato grande, pesado, de fabricación nacional que funcionaba con tambor y cinta magnética y de marca Ingra. Alguien sabrá de aquella marca. Nos costó un ojo de la cara. Grabamos a aquella enferma y a otras muchas después. Logramos descifrar los ladridos. Eran llamadas estereotipadas a una persona. Siempre igual, siempre parecia decir lo mismo. No desciframos el nombre. La llamaba como solicitando que viniera o se acercara. No supimos más. Había historias clínicas desde luego, pero los antecedentes eran escasos. Los familiares inexistentes. Aquellas enfermas procedentes de pueblos depauperados de Santander ya no existían para el mundo. Luego en Conjo 15 años más tarde narraré situaciones peores dentro de lo mismo.
Otra enferma se llamaba Conchita. Hablaba con voz infantil y dulce. Había sido maestra. Bordaba muy bien cuando quería y dibujaba también bastante bien. Hablaba mucho, pero hablaba sola, no hablaba con nadie. Repetía frases, preguntas, trozos de canciones, de retahílas de escuela, de oraciones. Muchas frases en forma de interrogación. Tenia fotos y dibujos abundantes. Algunos curiosísimos: una vaca por ejemplo con su casita al lado. El dibujo parcialmente normal, y en otra mitad morboso-geométrico. Acudimos al Bumke; al Prinzhorn a Lafora... a Kleist. La diagnosticamos de una esquizofasia y escribí con el caso una publicación. Un caso de desestructuración psicótica de las praxias constructivas. Me lo publicó Germain en su revista de Psicología y quedé encantado. Fue una de mis primeras publicaciones.
Con todo ello fuí penetrando en el fascinante mundo de los trastornos cognitivos psicóticos y fuí esbozando un atisbo de tesis doctoral próxima a estos temas. Así que me puse también a estudiar y ello da pié a que refiera algo de la:


15. Biblioteca de la Casa Salud Valdecilla.
Había una biblioteca médica impresionante. También de psiquiatría y neurología. Se notaba la mano de López Albo, de Lorente de No. ! qué se yo!
Eso sí, todos libros de antes de la guerra. Revistas actuales ninguna que yo recuerde. Las nacionales tampoco. Extranjeras, ni hablar. El aislamiento social y científico era bastante grande. Me dediqué a rebuscar y a leer lo que encontraba: Una maravilla: Estaba la enciclopedia de psiquiatría alemana de Gruhle completa; sus 20 enormes tomos, creo recordar. La enciclopedia de neurología de Förster y otros cientos - no - miles, de libros magníficos. Yo creo que nadie sabia alemán. Yo sí sabia alemán. Así me sumergí en el tomo de la esquizofrenia escrito por Wilmans y Wyrsch; en los tratados sobre patología cerebral de Kleist y Goldstein y una monografía muy especial sobre un tema, que pasando el tiempo habría de ser muy importante tanto en general como para mí. " Die Meskalinrausch" de Behringer. Es decir la borrachera - léase psicosis - mescalinica. Con ello me introduje en el mundo de las psicosis experimentales y tóxicas. Lei como complemento a Huxley en su famosísima obra de " Las puertas de la percepción" que adquirí en una edición francesa. De aquí me sumergí en las relaciones entre las esquizofrenias endógenas, los síndromes esquizofreniformes reactivos o tóxicos ( El delirio sensitivo de Kretscher era publicación también de esta época ) y por ello en la posibilidad de auténticas esquizofrenias sintomáticas y paralelamente la resolución de dos preguntas básicas: ¿ Es la esquizofrenia un síndrome o una entidad nosológica según el modelo médico ? ¿ Qué procesos neurofisiológicos son responsables de los curiosos o implacables síntomas de esta psicosis ?
Respecto su interés para el posible diseño de un marco conceptual hipotético y el diseño de una investigación me llamaran la atención algunos de los siguientes hechos:
Behringer describe en la intoxicación mescalínica que la brasa de un cigarrillo que se mueva en la oscuridad delante del paciente, se percibe como una serie de puntos discretos en vez de como una línea continua. Evidentemente la percepción de la línea continua exige el normal funcionamiento de la llamada función Phi de Wertheimer que es la base de la percepción del movimiento en el cinematógrafo y en la televisión. El aparato perceptivo "integra como continuo" la percepción sin duda discreta de secuencias de impulsos que emita la retina. Estos huecos son obligados, desde luego, dados los tiempos refractarios de las neuronas. El cerebro "salta" o "rellena" los huecos de acuerdo con la elaboración informática - entonces se decía cibernética -. Así se produce un modelo cognitivo del mundo más próximo a la realidad del que produciría la retina sola y así también es posible " engañar" al sujeto mediante la adecuada disposición experimental.
¿ Los esquizofrénicos percibirían en estas circunstancias una línea continua o una secuencia de puntos ? ¿ Serían , por extensión, las disfunciones de las llamadas leyes guestálticas de la percepción, la fisiopatología responsable de las percepciones delirantes o de las alucinaciones ?
Huxley además de las sinestesias ( La fragancia de unas violetas evoca la escucha alucinatoria de un concierto de Schumann ) describe la vivencia de significación anormal; de apertura cósmica; de clarividencia; y de emoción perceptiva " de novo " ante la belleza del mundo; pero tambien ante la belleza de aquel gabinete sencillo sobre cuya mesa descansaba un ramito de violetas.
¿ Podría existir un síndrome psicótico derivado de una "aceleración perceptiva" y otro deficitario derivado de una "insuficiencia perceptiva" ? Mas tarde; es decir en estos últimos años desde la universidad de Valladolid y de algunos libros y trabajos he denominado a estos síndromes el E. Plus y el E minus. Fueron elaborados como marcos doctrinales internos en aquel momento y en aquellas circunstancias y hubiera dedicado mi vida a la investigación, si hubiera contado con las circunstancias, la fortuna y - no quiero echar toda la culpa fuera de mí - y por lo tanto digo: si también mi apasionamiento por el tema me hubiera llevado a convertirme en héroe y mártir capaz de sacrificar toda vida personal y familiar a ello. Yo tenía muy claro que tenía que vivir de la psiquiatría, pero podía pensar, elucubrar y escribir lo que me diera la gana y si hubiera ocasión ya volvería sobre ello. En todo caso estos temas y reflexiones han sido constantes en la psiquiatría que yo he pensado y no tanto en la psiquiatría que he vivido o he ejercido.
Tengo,como decia, y - no sé por cuanto tiempo, - pues ahora no hay ni espacio para los archivos y documentos ni en las casas ni en las instituciones, cuadernos de apuntes sobre estos temas, en concreto los resúmenes de la monografía de Behringer que no sé si habrá vuelto a leer alguien en Valdecilla o si existirá todavía. Yo me quedé con las ganas de metérmela en el bolsillo, pero desde luego en el Colegio de San José de Valladolid donde me eduqué ya me habían enseñado repitiendo consejos y consejas de Cervantes, aparte de los evangélicos que " El hambre se asoma a la puerta del hombre laborioso pero no se atreve a entrar por ella" Laborioso y decente eran entonces para mí lo mismo.
Realmente yo estaba entusiasmado con estos estudios. Por supuesto que poco a poco yo podía salir con la novia, ir a la playa o al menos pasear un poco por ella detrayendo un poco de tiempo en el viaje desde Valdecilla a Cueto que realizábamos una vez al mes. ! Había que pasar por el Sardinero después de recorrer de cabo a rabo toda la ciudad !!! Así me aficioné a pasear por las playas solitarias en invierno y gozar del aire húmedo y frió del mar que envuelve con ligera niebla los vestidos y el aliento.
Al menos quería hacer mi tesis. No; Valdecilla no brindaba ni interés, ni ambiente, ni tiempo para hacer investigación.
Había pasado algo más de año y medio y yo quería ir a estudiar y a hacer mi tesis a Alemania. ¿ Dónde en Alemania ? ¿ Cual es el mejor centro de investigación psiquiátrica ? ¿El Max Planck de Munich ? Así que solicité una beca del Ministerio de Asuntos Exteriores concertada con el Ministerio de Educación Alemán. La beca de 300 marcos al mes exigía vivir en el Colegio Español de Munich. Se concedía por un periodo de dos años. Me concedieron la beca. Yo aunque novato de méritos o trabajos tenía un magnífico expediente académico con 22 matrículas de honor. Quemé pues mis naves en Santander y marché a Alemania en Octubre de l961. No me concedieron el diploma o título de Valdecilla pues se exigía una estancia de dos años. A mí me dieron un simple certificado en cinco líneas en el que el Dr. Aldama testimoniaba que había realizado satisfactoriamente las tareas que me encomendaron. Creo de todas formas que no sabía bien lo que hacia y aunque mi padre, pensando más en las exigencias de la vida práctica, puso algún tímido reparo, yo no me dejaba convencer fácilmente dejándome llevar del típico idealismo de la juventud. Quizás yo mismo tampoco tenia muy claro lo que se me avecinaba, pero estos recuerdos no quieren ser una biografía, sino meramente unas pinceladas de mi actividad profesional y de la psiquiatría de la época.

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